Comencemos desde el principio.
En el 476 d.C. el bárbaro Odoacre depuso a Rómulo Augusto, poniendo fin de esta manera, al Imperio Romano de Occidente.
Una vez depuesto el Empreador, Italia se convirtió rápidamente en territorio de conquista, en el cual se alternaron dominaciones que caracterizaron diferentes decenios y áreas geográficas de los pueblos Bizantinos, Francos y Longobardos.
En el 771, el Papa Stefano III, invocó la intervención en Italia del Rey de los Francos Carlo Magno para liberar el norte de la península del dominio de Desiderio, Rey de los Longobardos.
Carlo, después de unificar la parte de Italia que había conquistado (sustancialmente la parte septentrional y central del país) asume el título de “Rex Francorum et Longobardorum” garantizando plena autonomía al papado.
El resultado de tal conquista, que se definió en el transcurso de los siglos como “Regnum Italiae”, pasó de mano en mano en los siglos sucesivos, durante los cuales se alternaron en el trono diversos soberanos, siempre por designación papal.
Hacia el final del siglo X el Emperador alemán Otón de Sajonia baja a Italia y luego de haber derrotado a Berengario, en aquel tiempo rey, unió la corona romana con la del Imperio Germánico, reduciendo poco a poco, el poder del Papa y haciéndose coronar emperador de lo que más tarde fue definido como Sacro Imperio Romano, primera forma de “reich” alemán que comprendía gran parte de Alemania e Italia septentrional, además de los numerosos territorios hacia el este de los dos países.